En los días siguientes la actividad creció con la continua llegada de los delegados de todo Álgerien. Muchos de ellos venían de lugares remotos y habían sufrido complicaciones en sus largas travesías, llegaban agotados y en algunos casos heridos. Los Yurus trabajaban sin descanso para atender a los huéspedes e Ísamer se vio obligado a cumplir con su parte de las tareas como anfitrión, así que Áradan tuvo que pasar la mayor parte de su tiempo sin la compañía del aprendiz. De todos modos, ello no le impidió pasear durante largas horas por múltiples pasillos y salones enormes sin marearse o sentirse perdido, pues gracias al recorrido que había realizado con Nárfal podía orientarse a la perfección. Le habían dado permiso para visitar el establo si así lo deseaba, y disfrutaba tanto cuidando a los magníficos caballos que aprovechaba ese privilegio casi a diario. Uno de los encargados de los animales le permitía acompañarlo mientras realizaba sus tareas e incluso le encomendaba a veces la atención de algún potro.
En eso ocupaba las mañanas y buena parte de las tardes, pero cuando éstas empezaban a declinar solía demorarse en el lugar que más le agradaba del Templo: el jardín interior estaba encerrado entre la pared trasera del edificio principal y los muros internos del establo y el ala oeste, formando un vasto espacio triangular. El abundante pasto de color verde oscuro era fino y suave, a Áradan le gustaba andar descalzo y sentir como su frescura subía desde las plantas de sus pies e invadía todo su cuerpo. Los canteros de gran tamaño gozaban de la flora más variada y exótica que jamás hubiese imaginado. Y entre los mismos o cercanos a ellos se alzaban robles y olmos como incansables centinelas. También podían verse algunos bebederos de plata y cobre donde los pájaros se reunían a bañarse y cantar en los mediodías. Áradan se internaba entre los árboles y se sentía, al menos por un rato, de vuelta en los bosques de Áder.
Pasaba muchas horas entrenando o practicando con arco y flechas improvisados, o buscaba trozos de corteza o ramas caídas en las que tallar pequeñas figuras de animales, objetos, rostros o signos inventados. A veces trepaba hasta lo alto de algún árbol y se sentaba entre sus ramas oculto en el follaje, dejando vagar sus pensamientos, o se recostaba a la sombra fresca y espesa de un tilo a dormir una siesta. Fue durante una de esas siestas, en un día particularmente cálido y nublado, que un sonido extraño lo arrancó de un sueño ligero e intranquilo. Envuelto aún en el sopor y la confusión del sueño tardó en recordar dónde se encontraba. Ya había anochecido, y con la luna y las estrellas cubiertas la oscuridad era casi absoluta. Un débil resplandor anaranjado se filtraba entre las sombras de un apretado grupo de cedros a su izquierda. Aguzó el oído y descubrió que el sonido se parecía al crepitar de una diminuta fogata, solapado con una voz grave que hablaba en susurros. Sin pensarlo, obedeciendo a su instinto de cazador, se agazapó y avanzó muy despacio, sin hacer ruido, preguntándose quién se atrevería a encender una fogata allí. Todavía no estaba tan familiarizado con el terreno como para moverse en aquella oscuridad sin ser descubierto y solo se animó a acercarse algunos metros, lo suficiente para distinguir las palabras y espiar asomado tras un ancho y tupido tronco.
- … conozco los riesgos, no necesitas repetírmelos –susurró la voz. Áradan lograba distinguir una figura encapuchada, pero no podía ver sus rasgos ni determinar si se trataba de un hombre, una mujer u otro ser-. No hay otra manera, ya lo hemos discutido.
No entendía qué estaba sucediendo; aunque se esforzaba en descubrirlo, el joven Daero podría haber jurado que allí no había nadie más. Quizás se trataba de un trastornado, algún viejo senil que hablaba consigo mismo.
- Por supuesto que sí, ¿aún dudas de mis conocimientos? –continuó- ¿Acaso no te había dicho que desde aquí podría comunicarme sin problemas? Este lugar tiene una energía especial. Puedo sentirla. Vibra en cada roca de este monte. No importa lo que hayan dicho los ancestros, este lugar es único, aquí podríamos haber hecho obras asombrosas. Es extasiante, una fuerza vital pulsando bajo la piel misma de las cosas, casi puedo acariciarla -inspiró con fuerza e hizo una larga pausa.
- ….
- ¿Qué dices? ¿Envidia? Será mejor que midas tus palabras si no quieres atragantarte con tu propia lengua. Deseo sería más adecuado. Ya habrá tiempo para eso, la edad del mundo es apenas un insignificante latido en la eternidad que nos aguarda.
Áradan comenzaba a sentirse mal por estar fisgoneando las divagaciones de un extraño y había decidido alejarse, entonces la figura hizo un leve movimiento y algo llamó nuevamente su atención: el débil resplandor había vuelto a aparecer, unas diminutas esferas de fuego flotaban sobre la palma extendida del desconocido, danzando al lento compás de los dedos. La sorpresa estuvo a punto de traicionarlo y tuvo que esforzarse para contener una exclamación.
- Debes confiar en mí y ser paciente, todo sigue el curso esperado. Pronto partiremos y es posible que no tengas noticias mías por algún tiempo. No olvides tu misión, todo depende de eso, ¿lo entiendes? En estos momentos la ilusión rige nuestros destinos. Si fallas, si no eres capaz de sostenerla, todo lo que hemos hecho será en vano.
Áradan se preguntó de qué misión estaría hablando. ¿Sería posible que realmente estuviese conversando con alguien más? Se deslizó muy despacio hasta el siguiente tronco tratando de encontrar un mejor ángulo para observar.
- ¿Quién anda ahí? -susurró de pronto la voz y Áradan, seguro de haber sido descubierto, apretó el cuerpo al árbol que lo ocultaba hasta sentir que la corteza se le clavaba en la piel -¿Acaso tenemos visitas? -agregó con tono burlón.
Con los músculos tensos y los sentidos erizados, Áradan cerró los dedos sobre el mango de su puñal. Era inverosímil que un ser maligno o malintencionado deambulara en los jardines del Templo, no obstante había algo en aquella voz que le provocaba una vívida sensación de rechazo. Quienquiera que fuese, era peligroso. Procuró adivinar desde qué lado llegaría el ataque y esperó, listo para defenderse.
- Vamos, déjame verlos –continuó el individuo- ¡Ah qué belleza! ¿Dónde los encontraste? Son unos hermosos ejemplares. Deben haberte dado algo de trabajo, pronto crecerán demasiado y deberás encontrar un lugar apropiado donde mantenerlos ocultos.
El Daero suspiró aliviado y decidió no seguir tentando su suerte, se dejó resbalar hasta el suelo y comenzó a alejarse con sumo cuidado. Entonces su mano rozó algo largo y fibroso y un pequeño ratón se escapó chillando entre la hojarasca. La figura encapuchada calló de inmediato y Áradan se quedó muy quieto.
- Debo dejarte, te contactaré de nuevo en cuanto sea posible. ¡Hasta que Tanca nos quiera juntos otra vez!
El resplandor desapareció y se escuchó el roce de unas telas. Áradan no se atrevió a moverse, esperaba que en cualquier momento unas manos se cerraran como garras sobre él. Pero los minutos pasaron y nada sucedió. Cuando ya no pudo soportar la ansiedad de la espera se incorporó muy despacio y vio que el desconocido se había esfumado. Se demoró en volver a la habitación y tuvo cuidado de vigilar que nadie lo estuviera siguiendo. Durante esa noche y el día siguiente repasó varias veces lo que había visto y oído. Le hubiese gustado contárselo a alguien pero Ísamer estaba demasiado ocupado, y no había vuelto a encontrarse con Nárfal. Además temía que no le creyeran, o peor aún, que pensaran que se dedicaba a vagar por el Templo espiando conversaciones ajenas.
La mañana del séptimo día desde que llegaran a Sémper los encontró desayunando, Ísamer tenía buenas noticias. Al parecer ya habían llegado todos los mensajeros y esa misma noche habría una gran reunión. Áradan estaba impaciente, por fin tendría la oportunidad de resolver sus dudas.
La espada descendió como un halcón tras su presa y la fuerza del impacto quebró el escudo de acero del adversario en tres pedazos. Cada músculo del cuerpo de Fágarten se tensó al detener el golpe, con tal precisión que el filo de su arma cortó el vello del brazo del contrincante a escasos milímetros de la piel. El resto de los hombres que asistían al líder de los Daeros en su entrenamiento, ya derrotados y convertidos en meros espectadores, no pudieron menos que sentir orgullo ante esa demostración de destreza. Estaban acostumbrados a perder a diario en aquellas prácticas pero pocas veces tenían la oportunidad de ver a su líder plenamente concentrado y utilizando su capacidad al cien por cien.
- ¿Estás bien? –preguntó Fágarten clavando la espada en la tierra y tendiéndole una mano a Wésdal para ayudarlo a incorporarse.
- Sí. Fue un movimiento formidable.
- Gracias. Más tarde ve a revisarte por si acaso, y consigue un nuevo escudo. Dime, ¿todavía no lo han visto?
- No, aún no. Los vigías llevan cuatro días revisando los alrededores pero no hay ningún rastro.
- Muy bien, suspendan la búsqueda, si no lo han encontrado hasta ahora es porque no está allí. El potro que montaba Ísamer apareció hace cinco días al sur de la aldea, si fueron ellos quienes los enviaron de vuelta el otro caballo tendría que haber estado cerca.
- Tal vez no los mandaron de regreso, puede ser que al Yuru se le haya escapado.
- No lo creo, en ese caso el animal tendría que haber conservado parte del equipaje o al menos la silla de montar. Por lo que sabemos se dirigieron al paso de las montañas, y desde allí el camino más directo hacia Sémper es cruzando Taretil.
- ¿Cree que se hayan atrevido a hacer eso?
- No lo sé, pero ese muchacho es terco, orgulloso e insensato.
- Aún así no creo que se haya arriesgado a cruzar con los caballos.
- El chico no quería ir, tuve que obligarlo y se fue muy enfadado. Es posible que haya pensado más en el tiempo que se ahorrarían galopando en la llanura que en su seguridad.
- O tal vez decidieron quedarse con uno de los potros para cargar los fardos. En ese caso existiría la posibilidad de que todo les haya salido bien y nos estaríamos preocupando sin motivo.
- Eres demasiado optimista Wésdal. Me gustaría pensar como tú, pero no puedo permitírmelo.
- ¿Está seguro de no querer enviar a alguien a examinar el puente? Quizá haya alguna señal que nos brinde más tranquilidad.
- No. No quiero que nadie ponga un solo pie en Taretil, no tomaré riesgos innecesarios. Envíe a Nod camino al Templo con dos objetivos: averiguar qué les sucedió a los muchachos e informarse sobre lo que sea que esté sucediendo –sentenció Fágarten abandonando el claro del bosque donde el resto de los guerreros continuaba entrenando-. No olvides mi espada.
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ES SENCILLAMENTE UN PLACER SEGUIR AVANZANDO POR ESTAS PÁGINAS. HAY ALGO EN LAS PINCELADAS QUE DAS DE CADA LUGAR QUE EN SEGUIDA HACEN VOLAR LA IMAGINACIÓN SIN NECESIDAD DE GRANDES EVENTOS, AUNQUE LAS DOS LÍNEAS QUE APARECEN EN ESTE CAPÍTULO, DESDE LUEGO, ESPOLEAN LA CURIOSIDAD