El día parecía no envejecer nunca y Áradan se sentía cada vez más ansioso. Había estado ejercitándose durante un largo rato pero no conseguía relajarse, así que para distraerse decidió ir al establo. El cuarto en el que se alojaba, que era en realidad la habitación de Ísamer (modificada de momento con la inclusión de una cama), estaba ubicado en el ala oeste y para dirigirse a la caballeriza podía atravesar el edificio principal o utilizar un angosto corredor que conectaba los extremos de ambas alas entre sí, esta última era la forma rápida de llegar. A pesar de ello, el Daero eligió la primer opción, pues lo que deseaba era matar el tiempo.
Había andado la mitad del camino sin dejar de pensar en la reunión cuando algo le llamó la atención: el único ruido que se oía era el eco de sus pasos. Una de las características más salientes de aquel Templo era el sosiego que reinaba sin descanso; él lo había notado desde el primer día y había descubierto que el silencio absoluto era el sonido más intenso que existía en el mundo, pero con el transcurso de los días se había acostumbrado hasta dejar de percibirlo como un hecho anormal. Sin embargo, en ese momento volvía a resultarle muy extraño porque se suponía que aquel lugar estaba repleto de viajeros. De repente, cayó en la cuenta de que en todo el trayecto no se había cruzado con nadie. ¿Cómo podía ser? ¿Dónde estaban todos? Entonces, como si le hubieran leído el pensamiento, un coro de voces se elevó desde la izquierda:
- ¡Salud! –dijeron al unísono las voces, seguidas por el sonido de cristales entrechocándose.
Una vez más se extendió el silencio. Áradan esperó un poco pero no escuchó nada más; de todos modos ya había deducido de donde había llegado el brindis. Atravesó la sala en la que se encontraba y siguió por la galería hacia la izquierda, avanzó sin vacilar hasta que se detuvo en la quinta puerta a la derecha. Entró y descubrió que no se había equivocado: el comedor principal del templo nunca había estado tan lleno. El salón estaba atestado de los más variados personajes dispuestos cómodamente alrededor de un opulento banquete. El ambiente era de alegría y camaradería, todos bebían y comían sin preocuparse por nada más: las jarras de cerveza, hidromiel o jugos de diversas frutas y las bandejas con carne asada, pasteles o ensaladas, pasaban de mano en mano; no faltaban la música, los gritos, las bromas ni los juegos de naipes o dados; las carcajadas colmaban el aire viciado por el humo suave y dulzón de las pipas de aquellos que, habiendo terminado el almuerzo, se dedicaban a fumar en algún rincón apartado. Áradan tuvo la impresión de que tal vez nunca más tendría la oportunidad de ver una escena tan particular, pues no todos los días se reunía gente de todas partes del mundo para comer tranquilamente sin dejar que sus diferencias los molesten. No pensaba desperdiciar la ocasión, pero nadie parecía haber notado su presencia; nadie excepto Ísamer, que estaba sentado en una mesa aparte ubicada cerca de una ventana que daba hacia el jardín interior.
- ¡Áradan, por aquí! –llamó el Yuru-. Ven, quiero que conozcas a alguien.
El Daero se abrió paso hasta donde se encontraba su amigo.
- ¿Dónde estabas? –preguntó Ísamer.
- Caminando y buscando a alguien con quien hablar. ¿Por qué no me dijiste nada sobre este festín?
- Porque cuando iba a hacerlo, tú ya te habías ido. Por cierto, este es Jarel.
Junto a Ísamer estaba sentado un hombre bastante peculiar. El cabello largo, la barba abundante y descuidada y las espesas cejas de color azul oscuro le cubrían la mayor parte del rostro, y su cuerpo no parecía ser de carne y huesos sino de un material muy similar a la tierra aunque de una consistencia mucho mayor. Llevaba puesto una túnica corta y un pantalón confeccionado con pedazos de corteza de fresno y musgo, por cuya parte trasera escapaba una cola semejante a la de una pantera.
- Hola, es un placer –dijo Jarel extendiendo el brazo para saludarlo.
- Hola, mucho gusto –dijo Áradan, y al darle la mano notó lo vigorosos que eran los delgados brazos.
- Jarel acaba de llegar, costó mucho trabajo hallarlo. Nunca se queda mucho tiempo en un mismo lugar y además resulta muy difícil verlo cuando camina entre los árboles –explicó Ísamer.
- En estos tiempos es mejor ser prevenido –se defendió Jarel-. Nunca se sabe cuando una partida de trolls, orcos u otras criaturas aborrecibles aparecerá por sorpresa.
- Creo que estás exagerando, los trolls y los orcos no se alejan demasiado de sus cavernas y en las pocas ocasiones que lo hacen suelen aprovechar las horas más oscuras de la noche –dijo Áradan.
- Te equivocas Áradan, las cosas han cambiado. Tal vez tú no lo sepas porque a pesar de que los Daeros son grandes guerreros y conocedores de las costumbres de sus enemigos, viven lejos de las diversas regiones por las que se viene extendiendo el peligro. Esos y otros seres perversos se han multiplicado en los últimos años y cada vez tienen más confianza en su propio poder –dijo Ísamer.
- Ahora forman grupos e incluso, a veces, ejércitos, y atacan poblados pequeños o medianos. Asesinan a todos los habitantes por igual, sin importar que representen una amenaza o no, y cuando acaba la batalla, si es que se le puede llamar así, se dedican a festejar a su manera. Arrasan con todo, se apoderan de cualquier cosa que consideren valiosa, y una vez satisfechos reducen el pueblo a cenizas, entonces retornan a sus sucias cuevas; pero no para esconderse por temor a represalias, sino a guardar los inmensos botines –añadió Jarel y se podía ver la tristeza y la impotencia expresadas en sus ojos negros como fragmentos de madera quemada-. Descansan un tiempo, y luego salen de nuevo a saciar su apetito y su necesidad de sangre y muerte.
- ¿Si la situación es tan grave por qué no intervienen los Guardianes? O los Magos. ¿Por qué no hacen algo para acabar con todo eso? –preguntó Áradan.
- No es tan fácil, a medida que crece el mal crecen sus armas y sus sirvientes –contestó Ísamer-. Pero será mejor que dejemos de lado estos tristes asuntos, aunque sea por ahora; si no me equivoco esta noche hablaremos más de lo que nos gustaría y nos enteraremos de cosas peores.
- Puede ser, sin embargo aún nadie me ha explicado eso de que Álgerien está en peligro –gruñó Áradan.
- Creí que te habías cansado de preguntar –rió Ísamer-. Ahora comamos y bebamos, no podemos desperdiciar tanta buena comida.
Para cuando las estrellas empezaron a encenderse con sus luces diminutas en la vasta negrura de la noche, las bandejas, las fuentes y demás cubiertos habían sido retirados y en las mesas no quedaba ni un trozo de pan duro que hubiese sido despreciado. Sólo los vasos y las jarras abundaban todavía, pues las bebidas continuaban fluyendo.
Áradan estaba más que satisfecho, no había dejado bocado o plato sin probar y había oído anécdotas antiguas o noticias recientes de cada rincón del mundo. Tristemente, éstas últimas eran casi siempre alarmantes y estaban cargadas de desconcierto y presagios oscuros. Se hablaba de bosques donde los pájaros ya no cantaban y los árboles antiguos se pudrían por dentro sin rastros de hongos, grietas ni plagas, de aguas mansas que se negaban a mostrar sus reflejos, y hasta de animales que aparecían muertos sin heridas ni enfermedades. El Daero abandonó el pequeño círculo de personajes que discutía sobre distintas técnicas de pesca desde hacía diez minutos, se sirvió jugo de moras, un puñado repleto de nueces y almendras y se dirigió a la mesa que Ísamer ocupaba junto a Jarel. Éste compartía con Áradan el gusto por las armas de mano y pronto se enfrascaron en una amena conversación sobre el tema. Jarel explicó que había perfeccionado un estilo de combate cuerpo a cuerpo en el cual se utilizaban dos dagas: una de ellas se destinaba al ataque y la otra principalmente a la defensa. Esto transgredía la costumbre de usar una sola daga (considerada además como arma secundaria), establecida como ley natural en el pueblo Daero. Usanza arraigada desde la invención de los puñales. No sólo eso, sino que además para Áradan, acostumbrado desde pequeño al uso de los pesados escudos, resultaba sorprendente la idea de usar un arma para defenderse. Lo bello del novedoso sistema consistía en que otorgaba mayor agilidad y libertad de movimientos, y la posibilidad de atacar con ambas armas, o de intercambiar sus funciones principales según el momento para desorientar al oponente. El Daero estaba fascinado con esa estrategia y se propuso practicar hasta dominarla por completo, ya que él también usaba una daga para luchar cuerpo a cuerpo. En realidad, su arma predilecta era la espada, pero en su pueblo se prohibía portar una hasta haber alcanzado la madurez física y mental. Mientras tanto, debía conformarse con manejar una burda imitación y sólo durante sus entrenamientos, bajo la supervisión de un instructor.
De pronto, se escuchó el vibrante llamado de un gong.
- ¡Por fin nos explicarán los motivos por los que se ha llevado a cabo esta fabulosa congregación! –dijo Ísamer-. Acompáñenme, los conduciré a la cúpula mayor donde nos están esperando.
La sombra ascendía despacio por el muro de la cara este, sigilosa y amparada por las sombras más espesas de los árboles. De ese lado no llegaba la luz de la luna y las primeras ventanas aparecían a menor altura que en el resto de la construcción. Después de observar largas horas, agazapado entre las rocas, había llegado el momento de ponerse en movimiento. Quizás alguien hubiese olvidado asegurar una hoja. Se había presentado con sinceridad y buenos modales, explicando los motivos de su visita. Le habían respondido que todo estaba bien, que no obstante los contratiempos no tenían de qué preocuparse. Y a pesar de su insistencia le habían negado cortésmente la entrada. Al parecer no era un buen momento.
Para algún otro tal vez eso hubiese bastado. Pero él no pensaba regresar con tan pobre respuesta. Probó con la primera, la hoja cedió unos centímetros y luego nada. Con mucho cuidado aplicó un poco más de fuerza, sin éxito. Lo intentó una, dos, nueve veces más, pero todas estaban bien cerradas. Eran de madera maciza y pesada, y no resultaba sencillo abrirlas desde afuera y con una sola mano. No se desanimó, aún quedaban muchas ventanas.
Una hora más tarde, con los músculos comenzando a temblar por el esfuerzo, ya casi había agotado las posibilidades. La suerte parecía no acompañarlo esa noche. Podía trepar hasta el techo y buscar algún hueco por dónde colarse. No era una alternativa muy convincente, aquel muro había resultado más difícil de escalar de lo que imaginaba y comenzaba a dudar de la resistencia de sus brazos. Decidido a entrar de una forma u otra, se dispuso a forzar la siguiente ventana, aunque significara hacer ruido y arriesgarse a ser descubierto. Entonces una pequeña grieta oculta lo traicionó, perdió agarre y se resbaló, el peso de su cuerpo se balanceó en una sola mano y cayó. Soltó un grito ahogado y logró aferrarse de otro alfeizar unos metros más abajo. Se había hecho un corte en la frente y la sangre comenzaba a nublarle la poca visión que tenía en la oscuridad. Estaba exhausto, la mejor opción era bajar y buscar otro camino. Intentaba encontrar la forma de descender al menos un poco más antes de poder dejarse caer sin lastimarse demasiado, cuando un viento fuerte comenzó a soplar. Era un viento muy extraño, con la fuerza suficiente para sacudir las pesadas hojas de madera, aunque a él apenas lo despeinaba. Parecía que lo estaba rodeando o esquivando, cuidando de no hacerlo caer. Qué ridículo. Tal vez el golpe en la cabeza había sido más grave de lo que creía. De pronto una de las hojas se abrió con un golpe sordo sobre él. No había tiempo que perder, el viento podía volver a cerrarla o abrir la otra hoja aplastándole los dedos contra el alfeizar. Subió con cuidado y en un movimiento ágil se introdujo a un espacio en penumbras. Escuchó atentamente pero solo se oía el viento afuera. Aseguró la ventana, se limpió la sangre e improvisó como pudo una venda. Sonrió confiado, a fin de cuentas la suerte si lo acompañaba, y comenzó a investigar el lugar.
¡GRACIAS POR LEER! Si lo disfrutaste, si conectaste de alguna forma y crees que vale la pena, si aprecias la escritura artesanal (libre de IA) y crees que alguien más puede apreciar mi trabajo, te invito a que me ayudes compartiéndolo:

