En un extremo había una chimenea encendida y todo el piso estaba alfombrado. El ambiente era perfecto para una buena historia. Se sentaron cerca del fuego y Nárfal dio comienzo a su relato:
- Verás, cuando Sáyer fue engendrado en algún rincón olvidado de Álgerien, en otra edad del mundo, con él fue engendrado el horror. Los distintos pueblos de aquellas épocas lo bautizaron con diversos nombres que ya se han olvidado, todos coincidían en el hecho de constituir un testimonio del miedo. Para los Yurus fue Sáyer, la Ira del Cielo; los Magos, que cultivan la creencia en múltiples dioses, lo llamaron Guadaña de Kuruthén, divinidad que según ellos rige los infiernos. El dragón había nacido para sembrar la destrucción, era su naturaleza, la condición misma de su existencia consistía en el sufrimiento y la muerte de todo lo que no fuera su propio ser. Por el espacio de dos siglos asumió el papel de amo y señor de las desgracias; la lentitud del proceso no respondía a obstáculos que le impidieran ejecutarlo con mayor velocidad, sino simplemente al hecho de que disfrutaba su tarea. Al igual que un depredador se entretiene jugando con su presa hasta que, ya cansado o aburrido del juego, asesta el golpe final y la devora, Sáyer demoraba el exterminio gozando al máximo la muerte y el dolor de cada criatura. El dragón dirigía la aniquilación definitiva de Álgerien al ritmo de una ceremonia pausada e implacable.
>> Quienes vivieron aquella pesadilla, poco o nada podían hacer para detener a Sáyer. Los cazadores de dragones cayeron uno tras otro sin herir a la bestia más de lo que un insecto hiere a un rinoceronte. Los ejércitos de los cinco puntos de Álgerien conformados por soldados de todas las clases y razas lo atacaron en oleadas sin número, y perecieron aplastados. Incluso los seres malignos que habitaban el mundo intentaron enfrentar al dragón, pues éste distinguía a aquellos seres de los demás tan claramente como un hombre distingue una hormiga de otra, y los asesinaba con imperturbable indiferencia. También ellos fracasaron invariablemente. Para los moradores de Álgerien sólo quedaba resignarse o esperar un milagro. Los Yurus y los Magos, quienes tenían a su cargo obrar ese milagro, se hallaban casi tan indefensos e impotentes como cualquier otra criatura. Sólo un oponente podría haber desafiado al dragón con una mínima posibilidad de salir victorioso: Karién, el mítico guerrero; pero ya en esos tiempos, de Karién no quedaban más que las leyendas.
>> Durante el primer siglo de su reinado Sáyer redujo a cenizas las grandes ciudades erigidas en las vastas regiones septentrionales de Álgerien. No conforme con eso, devastó también los tres imperios en que las tres razas superiores de la antigüedad se habían dividido el dominio de las tierras fértiles: el Imperio de los Árboles, el Imperio Vulkiano, y el Imperio de la Lluvia. Luego, quizás impulsado por el hecho de saberse único o quizás motivado por la repulsión que le provocaban sus pares inferiores, tal vez y más probablemente por simple tedio, buscó, persiguió y eliminó a todos los dragones sin excepción, extinguiendo a la mayoría de las especies; sólo aquellos que lograron refugiarse en sitios anónimos sobrevivieron, amparándose en las sombras y el olvido.
>> El paso del tiempo no hizo mella en el espíritu de Sáyer. Su energía no mermó y la segunda centuria fue acaso peor que la primera. Dotado de un instinto natural para acceder a su facultad primordial, explotó casi sin esfuerzo el potencial de sus dones. La experiencia acumulada en décadas de práctica le valió la plenitud de conocimientos y la facilidad que los seres limitados y efímeros suelen atribuir a los dioses. Una vez alcanzada la expresión máxima de su poder liberó a los titanes, encerrados por Cuenya en prisiones inviolables, en los comienzos del tiempo. Los titanes contemplaron al dragón sobrevolar los cielos tiñéndolos en sangre, lo vieron respirar y quemar el aire, y con paso lento y apesadumbrado retornaron a la tranquila seguridad de sus celdas; la bestia no los necesitaba para cumplir su tarea y prefirieron no arriesgarse a ser destruidos ellos también. En uno de sus incontables viajes sobre las aguas del océano de niebla Sáyer descubrió Itziar, la isla mítica en cuyo centro se levantaba la Ciudad Ignota, morada de la antiquísima civilización Férica. De sus fundadores se sabe que fueron seres de una mística amplia e impenetrable, que profesaban un amor puro y reverente por la naturaleza, y que rendían culto exclusivamente a los dioses del cielo: la luna, el sol, las estrellas. Dominaban las siete categorías de la magia e intuían los ilusorios secretos de la creación; conocedores natos del lenguaje de Cuenya, cabe suponer que tampoco les resultaban ajenas las técnicas para despertar y ejercer la facultad primordial. Lucharon tenaz y orgullosamente defendiendo la Ciudad. En efecto, a Sáyer no le resultó fácil aquella batalla; pero tras seis días consecutivos de lucha incesante el dragón alzó las aguas mismas del océano en murallas inmensas que se precipitaron sobre la isla. Itziar se hundió bajo el peso del océano de niebla, las aguas se la tragaron y la civilización más deslumbrante que haya existido fue borrada para siempre de la faz del mundo.
- Si eran tan extraordinarios, ¿no deberían haber sido ellos los Guardianes de Álgerien? –interrumpió de pronto Áradan.
- Sí, tal vez. Pero nadie sabe si la civilización Férica existió en realidad. El hecho de que los Yurus tengamos ese honor es quizá la prueba más concreta de que se trata sólo de un mito.
>> ¿Dónde me había quedado? Ah, sí. En aquella época las relaciones entre los Yurus y los Magos no eran mejores que ahora o eran acaso peores, la eterna rivalidad entre unos y otros se hallaba en su cúspide. Los segundos envidiaban la posición privilegiada del linaje Yuru y codiciaban el título de Guardianes de Álgerien, argumentando con complejas elucubraciones su legítima supremacía. Los segundos, por su parte, no estaban dispuestos a renunciar a la responsabilidad divina que les fuera concedida por Cuenya. Pero la gravedad de la situación forzó a los Yurus a admitir su eventual impotencia y recurrir a una solución insólita. Obligados por la necesidad, decidieron que la única posibilidad de vencer a Sáyer era dejar el orgullo a un lado y establecer una precaria alianza provisional con los Magos. De lo contrario, ambas castas sucumbirían por separado, y el resto de la creación sufriría igual destino.
>> Con ese propósito, un enviado debía atravesar la distancia entre Sémper y Mivvel, la Ciudad de los Magos. Lo cual, dadas las circunstancias, convertía el encargo en una empresa épica. Sin embargo, la mayor complicación tenía una causa diferente. Casi todos los Yurus se hallaban diseminados a lo largo y ancho de Álgerien, ayudando y haciendo lo posible por proteger a los pueblos que aún resistían. En el Templo de la Sabiduría sólo quedaban los miembros más ancianos del Consejo y los pocos aprendices sobrevivientes, cuyo número no ascendía a una veintena. Los primeros no soportarían una travesía semejante, pero escoger para esa tarea a uno de aquellos muchachos inexpertos constituía una crueldad y un acto de insensatez. No obstante, persuadidos por la desesperación, los ancianos comunicaron su plan a los aprendices y solicitaron un voluntario para la tarea. Es inverosímil e inútil tratar de discernir y afirmar con certeza si fue el destino o el azar la fuerza que operó furtivamente en ese momento, empujando a Afo y no otro a dar un paso adelante. El muchacho, de apenas diecinueve años, no aventajaba a los demás en ningún aspecto, salvo quizás en coraje y en fe.
>> Afo partió al anochecer con numerosas bendiciones, y su medallón protector bajo el manto. Describirte las contingencias de semejante viaje nos llevaría más tiempo del que tenemos y carece de verdadera importancia. Baste decir que en los largos meses del recorrido Afo tuvo que atravesar regiones que le eran desconocidas e inhóspitas y enfrentar una amplia variedad de peligros, y como podrás imaginar tampoco le faltaron ocasiones en las que se vio a punto de morir.
>> Poco antes de llegar a su destino, mientras cruzaba los bosques de Izol, el muchacho decidió detenerse a descansar a orillas del Río Claro. Allí, arrodillado en el margen, hundiendo las manos en el agua y echándosela en el rostro y el cabello para refrescarse, fue donde lo divisó Sáyer. El dragón probablemente se dirigía asimismo hacia Mivvel, dispuesto a destruirla de una vez por todas. Pero al ver la figura vestida con un manto verde oscuro junto al río no pudo reprimir el intenso deseo de hacerle daño, se trataba de un Yuru y Sáyer odiaba a los Yurus con especial aversión. Matarlo le brindaría un placer puro, un placer irresistible. Sáyer descendió vertiginosamente y los rayos del sol rebotaron contra las escamas oscuras. Para Afo fue como si en mitad del día de pronto se hiciera de noche, al igual que en un eclipse, sólo que mucho peor.
>> El viento rugió bajo las monstruosas alas que teñían el cielo de negro mientras Sáyer caía en picada. El dragón ya se regocijaba imaginándose la expresión en la cara de aquel asqueroso hombrecito cuando descubriera que la muerte estaba próxima. Sus poderosas zarpas traseras tocaron el suelo haciéndolo temblar y con un movimiento violento pero controlado de la cola golpeó al Yuru, que salió despedido por el aire hasta chocar contra un árbol cercano. Sáyer no tenía intención de asesinarlo rápidamente, quería que aquello fuese lento y doloroso. Afo todavía no había aprendido a dominar la facultad primordial cuando se encontró con el dragón, pero aun así junto todo su valor y se enfrentó al enemigo para cumplir con su deber como Guardián de Álgerien.
>> El pobre muchacho recibió un castigo brutal, la bestia jugó con él durante horas inflingiéndole un daño terrible. Una vez que sació su apetito de sufrimiento, atenazó al joven aprendiz con la garra izquierda y comenzó a aumentar la presión lenta y gradualmente amenazando con quebrarle cada hueso del cuerpo. Sáyer contemplaba extasiado la expresión de agonía del Yuru, pero en el momento en que Afo lo miró a los ojos el dragón se sintió súbitamente desconcertado. Había advertido algo más aparte del inmenso dolor en esa mirada. En esos ojos vio algo que nunca había visto en ninguna de sus víctimas, en esos ojos había calma y, aún más increíble, había esperanza. Apenas perceptible, como un tenue y débil rayo de luz en medio de una densa bruma, pero allí estaba: un imperturbable sentimiento de esperanza. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía alguien en aquella situación, a punto de morir aplastado en sus garras, mantener la esperanza? Sáyer dudó por un instante y luego miró más profundamente, tanto como sólo un dragón es capaz de hacerlo. Entonces descubrió lo único que podía temer: un poder que superaba al suyo anidaba agazapado en aquel miserable Yuru, esperando a ser despertado; y distinguió también una serie de marcas sutiles e indefinidas, semejantes a una inscripción antigua y gastada en una piedra castigada por el paso del tiempo. Eran letras que conformaban una palabra en el lenguaje de Cuenya. Afo la vio reflejada en los ojos del dragón y supo con absoluta certeza que se trataba de su conjuro, la clave que le permitiría acceder a su facultad primordial. Gritó esa palabra con toda la fuerza de sus pulmones y su cuerpo irradió una luz cegadora. Sáyer ni siquiera tuvo tiempo de cerrar por completo sus garras, comenzó a retorcerse convulsivamente, emitió un espantoso aullido y se volatilizó. Así desapareció la bestia más temible que haya pisado Álgerien, como un simple puñado de polvo arrastrado por un vendaval. Con el tiempo, por supuesto, proliferaron los relatos de quienes aseguraban haber sido, al menos en parte, testigos de la asombrosa hazaña. Hablaron de un haz de luz tan intensa que opacaba el sol y dañaba la vista; de un viento repentino que sopló hacia los cuatro puntos cardinales, arrastrando un calor ardiente y ecos profundos, mientras las aguas de los lagos, arroyos y ríos desbordaban espuma; de una vibración en los árboles y el suelo, que no era un temblor sino un estremecimiento que duró días. Hay incluso quienes dicen que en los bosques de Izol aún puede sentirse de vez en cuando a los árboles vibrar, como si recordaran aquel día.
Lo cierto es que el combate dejó una profunda huella en la memoria de Álgerien, y que no quedaron rastros del dragón. Sólo los ojos permanecieron intactos y como por arte de magia se transformaron en dos pequeños fragmentos de jade. Un segundo después Afo cayó al suelo sobre sus rodillas, con un último esfuerzo tomó las joyas y se desmayó.
>> Cuando recobró el sentido se vio tendido boca arriba en una especie de camilla, notó que la mayoría de sus heridas había desaparecido. También notó que algo en el interior de sus puños cerrados comenzaba a quemarle. Lentamente movió los brazos y abrió sus manos, allí estaban las dos pequeñas joyas, su recompensa. Las contempló unos instantes y luego las guardó. No podía distraerse, debía descubrir en dónde estaba y quién era el responsable de la camilla y de su milagrosa recuperación. A su alrededor pudo distinguir seis figuras sentadas en círculo a pocos metros de un río: el Río Claro. Entonces una de las figuras se levantó y se acercó.
>> Tuvieron una conversación muy larga, que no es necesario repetir ahora, te alcanzará con saber que Afo se enteró de que esos hombres eran Moks.
- ¿Qué son los Moks? –quiso saber Áradan.
- Los Moks son una tribu de nómades, expertos en el arte de curar. Si no hubiera sido por ellos Afo tal vez habría muerto, pero el destino quiso que pasaran por allí justo en ese momento, guiados por la curiosidad probablemente, y vieran el cuerpo del Yuru moribundo. Afo les agradeció y les explicó que debía partir, pues tenía una misión urgente que cumplir.
>> En realidad la misión ya no era necesaria, pero Afo deseaba volver al templo para contar su hazaña y compartir con sus maestros y compañeros la maravillosa noticia de que Sáyer ya no existía. Así que se despidió de los Moks y se alejó de allí. Luego de varios meses de ardua caminata, Afo fue atacado por un ogro hambriento mientras atravesaba las tierras de Áder en una noche nublada y por demás oscura, y en medio de la pelea ambos cayeron y rodaron por el suelo hasta chocar contra una gran roca que dejó desmayado a su oponente. Cuando llegó al templo relató su enfrentamiento con el dragón sin olvidar ni el más pequeño detalle. Sin embargo, cuando quiso enseñar su gran tesoro descubrió con pesar que había perdido una de las joyas. Tan preocupado y distraído estaba revisando una y otra vez sus bolsillos, sus ropas, cada recoveco de su equipaje, que dejó descuidadamente en el suelo el otro fragmento de jade, y cuando uno de sus maestros quiso tomarlo para admirar de cerca su belleza se calcinó en el acto. De ese modo, triste y lamentable, se descubrió que sólo aquel que superara el poder de Sáyer podía tocar los ojos petrificados del dragón sin morir de inmediato.
>>A Afo le gustaba sentarse a leer en esa mesa en particular, y al parecer olvidó la gema allí antes de morir. Desde entonces nadie ha podido volver a tocarla. Con el paso de los años su potencia parece haber menguado; a tal punto que algunos de nosotros, como Coen o yo mismo, somos capaces de rozarla sin recibir a cambio más que una fea y dolorosa quemadura. El calor abrasador que emite al acercarse funciona de advertencia para los desprevenidos. Por si acaso, la mantenemos bien vigilada y fuera del alcance de curiosos, sólo los maestros Yuru tenemos acceso a esta parte del templo. Ponerla bajo llave tampoco tendría mucho sentido, ya que nadie podría robarla o utilizarla.
- ¿Y qué pasó con la otra? –preguntó Áradan cada vez más intrigado.
- Nadie ha vuelto a saber de ella desde que se perdió. Se cree que con los años fue absorbida por la tierra, pues nadie podría haberla tomado salvo Afo.
- ¿Por qué no? ¿Acaso no podría haberla encontrado otro ser igualmente poderoso?
- Desde la muerte de Afo, no ha existido nadie con habilidades semejantes.
- ¿Y qué tal si la encontró alguien que no conociera su propio poder? Alguien como Afo.
- Sueñas despierto, muchacho. Aunque la idea no sea totalmente descabellada, es muy poco probable que se repita dos veces un caso como el de Afo, alguien con tanto poder encerrado y que lo desconozca por completo. El poder es algo que no sabe mantenerse oculto, puedes creerme, lo hubiésemos descubierto.
Áradan se quedó pensativo durante un buen rato. Nárfal aguardó con atención, respetando el silencio y disfrutando el leve chisporroteo del fuego, hasta que el muchacho se animó a pedir:
- Me gustaría que me expliques todo ese asunto de la facultad primordial y los conjuros.
- ¿Qué quieres decir?
- Sé que es muy importante y los Yurus la usan para hacer el bien –dijo Áradan avergonzado de su propia ignorancia-, pero no sé de qué se trata o cómo funciona.
- Ya veo, esto es muy interesante.
- ¿Por qué? ¿Acaso soy el único imbécil que no sabe de esto? –el Daero comenzaba a arrepentirse de haber preguntado.
- No, no, no es eso, en absoluto. Existen cientos de seres que no saben sobre la facultad primordial.
- Es decir que no todos la tienen, ¿verdad?
- No, tampoco. Verás, existen seis fuerzas que constituyen la esencia misma de Álgerien: agua, aire, tierra, luz, espacio y tiempo. Estas fuerzas lo mantienen todo en perfecto equilibrio, constituyen el espíritu de Álgerien.
>> Por otro lado, está la facultad primordial de todos los seres vivos capaces de hablar, de articular sonidos en forma de palabras. Todos ellos la tienen, en mayor o menor medida, pero no todos pueden dominarla, algunos ni siquiera saben que existe.
>> La facultad primordial consiste en establecer una conexión ininterrumpida entre la mente, el corazón y el espíritu. Lograrlo puede demorar años, meses o, como en el caso de Afo, segundos de práctica. Pero requiere, además, de una gran concentración y de un conjuro que es único para cada ser. Este conjuro, que forma parte del lenguaje de Cuenya, es como una marca de nacimiento que no podemos ver y que cada quien puede descubrir de distintas maneras.
- ¿Y cuáles fueron las palabras de Afo? –preguntó Áradan.
- Nadie lo sabe. Afo nunca quiso decirlo, sólo contó que habían sido dos palabras.
- Lástima.
- ¿Por qué piensas eso? No hubiera servido de nada saberlo.
- Pero tal vez él había encontrado una forma de incrementar la facultad primordial y por eso pudo eliminar a Sáyer.
- No, no funciona así. Utilizar la facultad primordial significa tener la habilidad de controlar los elementos que forman el espíritu de Álgerien. Dependiendo de qué tanta maestría se tenga en el dominio de la facultad primordial se podrán controlar una, algunas o todas esas fuerzas; en toda la historia de Álgerien, esto último sólo lo logró Afo. Él fue el único que llegó a controlar el espacio y el tiempo, las más complejas y peligrosas de todas.
- O sea que el espacio y el tiempo son las fuerzas superiores.
- Sí, podrías pensarlo de ese modo, o al menos eso es lo que se sabe hasta ahora. Mi opinión es que existe una fuerza suprema que es el resultado de la unión de todas las demás.
- ¿Y alguien logró realizar esa unión?
- No, por desgracia aún nadie lo ha logrado, sólo se trata de una idea.
>> Pero hay algo más que debes saber. Una vez que consigues dominar la facultad primordial debes usarla únicamente para la defensa y no abusar de ella, los elementos se encuentran en perfecta armonía y si uno de ellos es perturbado o manipulado de forma excesiva podría crearse un desequilibrio que haría entrar en conflicto al resto. Aunque, por lo general, la gran mayoría de los que logran utilizar la facultad primordial apenas pueden producir ventiscas o chaparrones. Solo un número reducido de individuos tiene un grado de control sobre los elementos que los vuelva temibles. De todas formas es muy peligroso que los seres perversos accedan a cierto dominio sobre la facultad primordial.
- ¿Y por qué no pasó eso cuando Sáyer reinaba en Álgerien?
- Sáyer era perverso pero no estúpido. Cabe suponer que conocía o al menos intuía aquel peligro, y no le hubiese servido de nada destruir Álgerien mientras fuera el amo y señor. Vamos, sigamos adelante, nos queda mucho por recorrer y se hará tarde antes de darnos cuenta.
La noche llegó pronto y Nárfal decidió que ya era tiempo de descansar. Acompañó a Áradan hasta su cuarto y se despidió. Ísamer no estaba allí, así que Áradan tuvo al fin un tiempo para sí mismo. Hacía mucho que no se recostaba con la vista perdida, sumido en sus propias reflexiones, y en aquel momento eso era lo que más necesitaba. Mil preguntas imposibles de responder aguijoneaban su mente mientras repasaba las palabras del anciano y las imágenes de los libros, galerías y salones recorridos. Una infinidad de situaciones vividas o imaginadas se sucedieron en su cabeza en un orden totalmente falto de coherencia, hasta que en algún punto, sin darse cuenta, se quedó dormido. Tuvo un sueño largo y profundo como no tendría otro en mucho tiempo.
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Este capítulo tiene algo muy atractivo; se siente como una leyenda antigua contada al calor del fuego, con esa mezcla de mito y memoria que hace que todo parezca más grande que la vida. Se percibe ambición y un mundo real detrás de cada nombre. Me encantó.
Me ha encantado. Tiene el sabor de las leyendas, pero con un tono que sabe más fresco y, de algún modo, vivo y colorido. No sé cómo consigues esa sensación, pero es genial. Cuanto más nos amplias ese mundo, sus reglas y su historia, haces que crezcan las ganas de estar allí. Es genial, de verdad.