De chico no tuve amigos. O para decirlo de otra manera: tuve compañeros de colegio con los que podía coincidir en los juegos, amigas de mi hermana mayor que me aceptaban por ósmosis y añadidura obligada, y sobre todo muchos primos con los que la convivencia forzaba algo parecido a la amistad.
En las horas de colegio, durante las mañanas, funcionaba la mayor parte del tiempo en estado de alerta. Todo era una amenaza. Desde las exigencias de las maestras hasta los intercambios rudos e intereses toscos de los demás varones, pasando por los sentimientos confusos y la vergüenza que me provocaban las interacciones con las chicas. Lo único que en verdad disfrutaba eran los recreos, jugando con Juampi a recolectar tesoros (papeles, tapitas, lápices, monedas y cualquier otra cosa que encontrábamos tiradas por el patio).
De mis primos varones, que eran varios y casi todos mayores, lo que más recuerdo son las tardes de fútbol, videojuegos y guerras de bombitas de agua en días calurosos. Y, por supuesto, las chicaneadas y los excesos.
Mi primo Javi vivía sobre la casa de mi abuela. Mis tíos habían sido los primeros en conseguir que la gallega, a regañadientes, les permitiera invadirle el terreno. Después ya no pudo decir que no y mi papá construyó nuestra casa en el fondo. En medio de las casas quedó un gran patio con jardín y pileta enterrada. En ese cuadrado de dos por dos, de cemento celeste y áspero, pasábamos amontonados las horas más agobiantes del verano. Inmune a los constantes arreglos, el agua siempre se acababa filtrando. La gallega protestaba por el desperdicio, porque noche por medio había que dejarla rellenando. Con los primos escapábamos en el Marco Polo caminando en equilibrio por los bordes mojados, nos atropellábamos en el remolino y nos obligábamos a permanecer con la cabeza hundida hasta liberarnos boqueando entre salpicaduras y codazos. De la pileta se salía con las rodillas raspadas, el corazón acelerado y los oídos tapados.
Javi tenía una adoración desmedida por Pampita, la perra flaca que mi abuela había adoptado a instancias de sus hijos ya crecidos y emancipados. Su forma de demostrarle amor consistía en usarla de juguete: le ataba cosas a la cola, la sorprendía con gritos o estallidos de petardos cuando dormía y de tanto en tanto le cambiaba el look pintándole el pelo o afeitándole alguna parte del cuerpo. En algunas ocasiones era imposible no reírse. Esas veces procuraba no mirar a Pampita a los ojos. Cuando se aburría de la perra, se dedicaba a derretir soldaditos de plástico con un encendedor o fabricar gomeras con las que atormentar a los gatos del barrio.
Lo peor era, con ventaja, cuando venía mi tío José Luis a visitar a mi abuela. De la mano de mi tío venía Martín, el mayor de mis primos y el cómplice perfecto de Javier. Haciendo gala de una creatividad remachada de sadismo, traía siempre algún nuevo método cruel con el que torturarme. Yo le tenía un terror tan visceral que me bastaba escuchar su voz para que el estómago se me convirtiera en un alambre retorcido. En esas ocasiones, siempre que las obligaciones sociales me lo permitían, hacía uso de mi instinto de supervivencia y me escondía hasta que la visitaba terminaba.
Nacho tenía menos suerte. Era, junto con su hermano Santiago, apenas unos años más chico que Javi y Martín. Cuando mi tía Alicia se separó y los trajo con ella a vivir a lo de mi abuela, se volvió algo casi diario verlos andar juntos. Nacho los admiraba tanto como los odiaba, y el deseo de pertenecer lo empujaba a volver una y otra vez a intentar sumarse, a pesar de que la regla implícita parecía ser convertirlo en la víctima habitual de sus bromas. Que fuera tan calentón los divertía aún más y, como si de un premio se tratara, iban escalando la chicana hasta hacerlo estallar. Entonces a Nacho se le deformaba la cara en un globo rojo brillante demasiado inflado, con las venas amenazando como serpientes que le trepaban por el cuello, y se desinflaba gritando de rabia hasta quedarse afónico.
En algunas ocasiones se daban juegos en los que participábamos todos. El favorito era el cuarto oscuro. Había una pieza en la casa de mi abuela que sólo se usaba para acumular cosas en desuso. El juego consistía en escondernos adentro, en medio de un inventario de lo más diverso, apagar las luces, bajar las persianas y esperar a que aquel a quien le hubiese tocado en suerte trate de encontrarnos. Las chicas también se sumaban. Esa vuelta estaban, además de mi hermana Nadia, mis primas por el lado materno: Jesica y Micaela. Tenían matas de pelo desordenadas como helechos negros, la risa fácil y estridente, y habilidad para convertir cualquier cosa en una burla. Le había tocado buscar a Maxi, el hermano menor de Nacho y Santiago, y la gracia estaba en acovacharse en lugares a donde no llegaba mientras le dábamos pistas falsas. Maxi rezongaba, amenazando con abandonar el juego, y de pronto se escuchó la voz de Jesica: “Nadia se está tirando pedos”. “¡Mentira! Sos una mentirosa”, “¡Es verdad! Vi como te salían las burbujitas de la cola”. Carcajadas. Maxi aprovechó para encontrarlas y en medio de la bronca y los empujones movieron un mueble que chocó contra el taparrollo. Entonces se escuchó el golpe sordo y el grito de dolor de Nacho, acompañado de una puteada. Más carcajadas. Hasta que la voz de Nacho se convirtió en un temblor “Está mojado. ¿Qué tengo, boludo?”, y la de Santiago en un llamado angustiado “¡Mamá! ¡Mamá!”. Mi tía entró diciéndonos de todo, por los gritos, por la oscuridad y porque ni charlar un rato en paz se podía. Nacho salió del cuarto desesperado, antes incluso de que alguien llegara a prender la luz. Asomándome entre las cabezas de mis primos alcancé a ver, gracias a la claridad de afuera, la cara pálida de mi tía y las manos de Nacho agarrándose la cabeza. La sangre se le escurría entre los dedos y le manchaba la cara. Después nos enteramos que le había caído encima una antigua pinza de hierro de mi abuelo. Nos prohibieron volver a jugar al cuarto oscuro y respiré aliviado después de sumarme efusivamente a las protestas.
Casi de mi misma edad y apenas un peldaño más abajo en el escalafón de depredadores estaba Rodrigo, el hijo de mi tío Jorgito. Jugar con él era aceptar entrar a un ring imaginario, te convenía mantener la guardia alta y vigilar la distancia. Lo que tenía de agresivo lo tenía también de taimado. En plena mancha o en medio de un picado aprovechaba cualquier descuido para pellizcar culos, meter dedos en las orejas, clavar codazos en las costillas, dar apretones en los huevos o bajarle los pantalones a los incautos.
Curiosamente, también se llamaba Rodrigo el más taimado de mis compañeros de grado. Empezamos juntos desde el jardín de infantes, parados cada uno al lado de una hamaca, midiéndonos desde los tres años. El transcurso de la primaria y la secundaria confirmó lo que ya en ese instante sabíamos: que lo único que teníamos en común era ese espacio compartido por obligación.
Yo hice mi recorrido coleccionando diplomas y medallas, llorando por casi todo en los primeros años y refugiándome en la literatura durante los últimos. En cuarto grado convencí a mi mamá de llevar una tarea un día que había faltado. La seño Inés era estricta y había sido muy clara en que debíamos entregarla sí o sí ese día. Tuve que insistir bastante, pero celebré mi pequeña victoria dándome el placer sin culpa de ocupar las horas mirando dibujitos y sacándole chispas a los joysticks del Sega. Al día siguiente, en cuanto entró al aula, la seño Inés me miró con el ceño fruncido y me preguntó si a mi me parecía bien mandar a mi mamá, que ya debía tener suficiente qué hacer sin necesidad de que yo le agregue pavadas, a interrumpirle la clase. Claro, porque las madres sólo están para cumplir los caprichos de sus hijitos. Siguió despotricando un rato, no presté atención a lo que decía, estaba concentrado en tratar de no sollozar ni ponerme colorado. El llanto disimulado siempre me pareció un poco menos patético.
Rodrigo, en cambio, hacía apenas lo justo y necesario, soltaba su carcajada burlona a cada rato y eclipsaba rivales en cualquier desafío deportivo. Tenía la hostilidad y la viveza cruel tan a flor de piel que con solo moverse cerca generaba cierto aire de amenaza. Ganárselo como enemigo equivalía a morirse, o lo que es lo mismo en un colegio: quedar a merced de la humillación y el ridículo.
Todos los que nos acompañaron a lo largo del jardín y la primaria se fueron yendo, a otros colegios, a otros barrios, fuera de nuestras vidas. Solo él y yo permanecimos hasta el final de la secundaria, unidos por un tenso hilo invisible alrededor del que pululaba incesantemente el enjambre cambiante de nuestros compañeros. Algunas veces más cerca aunque casi siempre alejados, nunca dejamos de medirnos, vigilándonos a distancia. No sabría decir por qué pero nunca me tomó de punto de sus bravuconadas. Quizás porque supe desde temprano sacar ventaja estratégica de mi facilidad para el estudio, usándola como palanca para trabar cierto intercambio amistoso con los que solían formar su banda. Yo les explicaba cuando les hacía falta, les prestaba tareas que les ahorraban tiempo y retos en sus casas, y los ayudaba en las pruebas si se sentaban cerca mío. A cambio, me trataban casi como a uno más: no se metían conmigo más de lo que se metían entre ellos mismos e incluso solían invitarme a sus juegos.
En el ecosistema del colegio me las arreglaba para subsistir. Afuera, había días en los que me aburría hasta la tristeza. Tardé varios años en hacer amigos en el barrio. Fue mi primo Maxi quien me demostró, como lo volvería a hacer tantas veces, lo fácil que era abrir esa puerta. Entre nosotros hubo siempre un vínculo de entendimiento, teñido de complicidad y competencia, que se reforzó desde el momento en que llegó con su mamá y hermanos a coparle el rancho a la abuela. La casa era grande y el corazón también, pero más grandes se veían en la cara de la gallega la decepción muda y la resignación hecha de arrugas.
Maxi estaba acostumbrado a moverse con una independencia y una temeridad fuera de lo usual. Aprendí pronto que si quería ser parte de su mundo no podía permanecer refugiado en mi cautela. Pasábamos las tardes en la calle, haciendo ring-raje, trepando a los árboles, lanzándole venenitos con la gomera a los perros callejeros y a algún que otro ciclista distraído y, cada tanto, robando golosinas de los kioscos. Si no había adultos a la vista y nos sentíamos especialmente valientes, nos arriesgábamos a infiltrarnos en una de las casas linderas, abandonada tras la última inundación que había dejado medio barrio sumergido. A pesar de que no nos animábamos a ir más allá de los patios, andar entre esas plantas crecidas y asomarnos a espiar por las ventanas sucias era lo más parecido que teníamos al misterio. Sospecho que, a falta de fantasmas, ya lográbamos intuir que lo verdaderamente espectral eran esos restos de muebles desvencijados y las marcas mugrientas del agua que persistían en las paredes desconchadas.
Nos gustaba sentir que había algo un poco heroico en nuestra rebeldía. Por eso, una vez que los descubrimos, no pudimos soportar los aullidos amortiguados que salían del baúl del Peugeot 404. Al principio creímos que lo habíamos imaginado. Sin embargo, solía aparecer estacionado enfrente o a la vuelta de la casa de la abuela, y a la tercera vez que los escuchamos se nos disiparon las dudas. Nos dedicamos a espiarlo para cerciorarnos y la rabia nos apretó la garganta: la mujer estacionaba, encerraba al perrito en el baúl y no volvía hasta varias horas más tarde. Maxi estaba seguro de lo que teníamos que hacer, yo dudaba. Me convenció con el argumento de que nada podía empeorar mucho el aspecto de ese viejo auto color caca. Esperamos un atardecer oscuro y desierto y le dejamos nuestra advertencia: en el vidrio sucio el cartel “Maltratadora”, escrito a dedo. Los espejos rotos y un par de abolladuras sirvieron para subrayarlo y sacarnos la bronca. Pasamos algunas semanas preocupados, pero las represalias nunca llegaron y el 404 no volvió a aparecer por el barrio.
En el colegio Maxi conoció a Tuli y se hicieron amigos en el acto. Tuli vivía en la casa de la esquina, en nuestra misma cuadra, y esa proximidad cimentó una amistad sin fisuras. Yo nunca tuve ese desparpajo, pero la mediación de alguien en común me permitió establecer el contacto. Mi amistad con Tuli trascendió con creces esa triangulación inicial, y cuando Maxi volvió a mudarse lejos nuestro suturamos ese vacío estrechando aún más nuestro lazo. Caminábamos juntos al colegio, nos contábamos lo que habíamos soñado, compartíamos los recreos y por las tardes nos adueñábamos de las veredas del barrio. Crecimos juntos y atravesamos todos los hitos confiando ciegamente uno en el otro: las charlas sobre mujeres, música y fútbol, el equipito de fútbol cinco, los inicios en el alcohol y la marihuana, las muchas salidas y borracheras, los corazones rotos. La primer cerveza se la robamos a su papá de la camioneta. Nos refugiamos en la terraza de su casa, sentados a la sombra del tanque de agua, alentándonos a terminarla. Estaba tibia y amarga, y no sentíamos nada aparte del asco. Pasándola de mano y mano, entre sorbos y risas, aprendimos que ciertos vicios se ganan con la constancia. La terminamos a las apuradas, nos pusimos de pie y entonces sí sentimos el efecto. El cambio repentino de postura y el calor se conjugaron para recrudecer el mareo. Tuli perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse de la terraza.
Cuando la adolescencia nos empujó a terrenos desconocidos en un mundo más amplio, se instaló entre nosotros un pacto tácito de acompañarnos en las transgresiones cuidándonos. Nunca quebramos en la misma noche ni nos permitimos enamorarnos de la misma mujer, jamás dejamos al otro solo en una pelea ni nos borramos cuando tocaba pagar los platos rotos. Y sobre todo, nos parábamos firmes, hombro con hombro, cada vez que el amor o la vida nos metían un cachetazo violento.
El año que Tuli cumplió diecisiete éramos un grupo de deprimidos. Con el colegio a nuestra espalda y un presente sembrado de incertidumbres y desamores, lo único que hacíamos era compartir dudas y desconsuelos. Tuli quería un festejo que nos cambie el aire y la suerte. Marquillos, la más reciente incorporación al grupo, propuso usar una casa que sus padres tenían vacía. Compramos alcohol al por mayor, invitamos a más gente de la que Marcos hubiese querido y convencimos a un amigo de estrenarse como barman. Hicimos la previa sumando a Ale y Maxi, pasando una botella de tequila de mano en mano entre los cinco. La comida fue insuficiente, los tragos muy fuertes, el descontrol una norma y las peleas un condimento previsible pero indeseado. Un tío de Tuli, que oficiaba de patova, me echó a la calle tras dos intentos de agarrarme a trompadas vaya uno a saber con quién y por qué. Maxi, un poco más sobrio, me acompañó a casa caminando, preocupado de que me desmayara en el camino. Llegamos y vomité en el porche de mi abuela, él volvió a la fiesta. Busqué la llave que siempre me dejaban en la ventana cuando salía tarde e intenté abrir la puerta. Tras varios intentos fallidos y mucho ruido la puerta se abrió y apareció mi papá del otro lado.
- Esta llave no funciona -modulé a la perfección.
- Eso es un encendedor -respondió él.
Me acompañó a la cama y me alcanzó un vaso de agua.
- No la tomes toda de golpe -dijo.
- ¿Por qué? ¿Vos querés?
Muchas veces, repasando esa época, me pregunto por qué me emborrachaba tanto. No consigo responderme si se debía al desamor, trágico e insoportable para un adolescente romántico, o al hecho de que me aterraba perder el amparo del territorio familiar que empezaba a quedar atrás. En esa nueva intemperie que se abría, ¿sería capaz de encontrar una vez más los refugios imprescindibles?
La mayoría de las personas que llegan a nuestra vida lo hacen por simple coincidencia. La tarea de convertirlas en destino es nuestra, incluso cuando no nos lo proponemos, incluso cuando desearíamos no haberlas conocido. Quizás por eso suelo descubrirme pensando en las personas que me causaban mayor aversión.
En mi compañero Rodrigo, por ejemplo. Al terminar la secundaria, en medio de la euforia y el desborde, no hubo entre nosotros abrazos ni palabras emotivas ni nada parecido. Yo había logrado transmutar mi tendencia a llorar por todo en una insensibilidad artificial, y a él nunca lo vi derramar una sola lágrima por nada. Sin embargo, ese día en medio del tumulto de las despedidas, me lo encontré de frente con la mano tendida. Acepté el breve apretón y le sostuve la mirada, después nos apartamos sin mediar palabra. Quisiera creer que me tenía algún aprecio o al menos respeto. Tal vez sea más acertado decir que ambos sentimos que algo se perdía, como cuando perdemos unas de esas cosas que, sin haberlas elegido, nos han acompañado durante un largo trayecto y que sin darnos cuenta influyeron en quienes nos hemos convertido.
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"Faunaje" es el título perfecto para este relato. Me gusta cómo has navegado por la sutil animalidad que envuelve la infancia y la adolescencia, desde el miedo a la rebeldía, desde la soledad al compañerismo. Me ha encantado, Lar ❤️
me gustó este viaje, me hizo recordar mucho a mi infancia y adolescencia. Parece increíble lo cercano que fuimos a la violencia sin darnos cuenta. Un gusto leer literatura sin IA y artesanal :)