Estiras el brazo, rogando que te vean. La mañana es sucia y pesada en la ciudad lluviosa. Y tú te sientes pequeña en medio del bullicio agitado de la avenida. Ves el guiño de las luces y el auto que frena. Corres como puedes, despacio y torpemente, sobre la acera mojada. Forcejeas con la puerta y te acomodas con dificultad, abrazando la mochila llena de papeles y libretas, mientras indicas la dirección del hospital. El ruido de la otra puerta cerrándose de golpe te sobresalta y ahogas un grito al ver el rostro afiebrado y cruel que asoma tras el cañón de la pistola.
- Arrancá -dice la voz detrás de los ojos que te perforan, y el auto se pone en
movimiento-. Vos, dame el celular, la billetera, rápido mamita, dale, dame todo.
Sientes el círculo de metal frío presionando contra la piel de tu sien, brutal e indiferente. Con dedos temblorosos entregas el teléfono y la mochila, mientras balbuceas con voz igualmente temblorosa:
- Por favor, por favor…
Tus brazos se cruzan instintivamente sobre tu vientre turgente, formando un escudo frágil e ingenuo sobre lo único que deseas proteger. El golpe de la culata en tu cabeza es seco y calculado, provocando el dolor justo para que tu quejido interrumpa la súplica. ¿Qué mierda es todo esto?, escuchas decir al hombre que revuelve el contenido de tu mochila junto a ti. Y tu mente se lanza a un inventario estúpido: estudios médicos, pañuelitos, un labial, un paquete abierto de galletitas.
- No tengo nada más, por favor… -murmuras entre lágrimas.
- Algo más vas a tener que entregar -dice la sonrisa turbia y afilada mientras la mano que no sostiene la pistola baja hacia la cremallera del pantalón-. A ver si
con la boca llena te callás.
El auto frena de golpe y el taxista se gira sin apenas mirarte:
- Basta. ¿No le ves la panza, pelotudo? Un límite te pido, hermano, ya lo hablamos.
- No te hagas el santo, a vos también te calienta -gruñe la voz áspera, respirando cada vez más cerca.
La traba de la puerta se levanta con un clack al mismo tiempo que el brazo del taxista sale disparado y sujeta al otro hombre por el cuello.
- Dale piba, bajate -la voz es firme, urgente, con un dejo casi imperceptible del miedo que late tras la rabia.
Te lanzas a la calle jadeando y avanzas a tropezones por la vereda rota, desconocida, llena de charcos. Miras alrededor desorientada y te das cuenta por primera vez que no sabes en qué dirección te han llevado. El vestido mojado de lluvia y sudor se te pega al cuerpo, a los pechos hinchados, al abdomen abultado y firme. Te alejas a tientas, tan rápido como eres capaz, con la vista empañada de desesperación y llanto. Pisas en falso y caes de rodillas, que se lastiman y sangran. Intentas levantarte inútilmente. Lloras, sujetas tu vientre, tiemblas. La ciudad se cierra sobre ti, su apatía opresiva asfixiándote.
- Tranquila, no pasa nada, yo te ayudo -oyes una voz cascada que aún conserva una calidez antigua, de madriguera profunda-. Tranquila, a ver, vení -repite antes de que logres enfocar la mano cargada de anillos, pulseras y arrugas estirada frente a tus ojos.
La aferras con fuerza y sientes la otra mano que te rodea los hombros y te ayuda a incorporarte con gentileza. De un pañuelo raído que exuda un perfume demasiado fuerte asoma un cuello pálido, rematado por una cabeza en la que destacan unos anteojos gruesos. Detrás de los cristales te observan dos ojos inquietos, como animalitos ansiosos.
- Vamos, vení que te preparo un tecito, llamamos a quien vos quieras, te lavas un poco y te secas. Yo vivo ahí -dice, señalando una reja abierta a un par de pasos.
- Me robaron, el taxi, mi mochila -respondes entre sollozos atropellados.
- Tranquila, me imagino. Yo me asomé a la ventana y te vi justo cuando te caíste, pobrecita. Vení, ya se terminó.
Asientes aunque no recuerdas ninguna ventana ni estás segura de que algo se haya terminado, de que ese miedo que te atenaza la garganta vaya a abandonarte, mientras dejas que la anciana te guíe por un largo pasillo atestado de plantas. El aire se enrarece a medida que avanzas, cargado de fragancias espesas y del roce pegajoso de hojas anchas, de tallos que parecen estirarse buscando adherirse a tu piel fresca y a tus ropas.
Sigues de cerca los pasos de la anciana por el suelo irregular, bajando escalones y esquivando macetas resquebrajadas y mohosas, y a la luz mortecina que las envuelve crees ver costras de mugre asomando tras las orejas y bajo el pañuelo de la mujer. Reprimes una arcada y cuando miras hacia atrás descubres que la reja de la entrada ha desaparecido entre los recovecos del pasillo. Sientes el impulso de correr y una sombra se mueve justo en el límite de tu campo visual, haciéndote sobresaltar.
- No hagas caso, son los gatos, les gusta espiar a las visitas. Vamos,
pequeña, ya llegamos.
Delante tuyo, la mujer empuja una puerta que suelta un quejido de madera hinchada y se hace a un lado, invitándote a pasar. Desde adentro te llega un frío que contrasta con la calurosa humedad del pasillo, en el que se adivina un vaho rancio disimulado por productos de limpieza. Dudas un instante mientras analizas a toda prisa tus alternativas. Te dices que estás alterada y asustada, que tus sentidos en alerta probablemente te están jugando una mala pasada, que la mujer tal vez sea una de esas acumuladoras que viven entre pilas de basura. Sin embargo, al entrar todo parece en orden, no hay señales que delaten el origen de ese tufo persistente que pulsa bajo las superficies. Y cuando escuchas a tu espalda la llave en la cerradura ya no
estás tan convencida de tus argumentos.
- Es mejor prevenir, nunca se sabe -dice tu anfitriona sonriendo.
Intentas devolver la sonrisa pero sólo te sale una mueca rígida. Por un segundo, a contraluz, te ha parecido percibir el perfil de otro gesto, más punzante y hambriento, agazapado tras las arrugas de la mujer.
- Sentate ahí, nena. Voy a prepararte un té y buscarte una toalla, te vas a resfriar.
Sus palabras se apagan cuando desaparece tras una cortina que supones debe llevar a
la cocina. Demasiado nerviosa para sentarte, te mueves inquieta alrededor de la sala. Abundan los libros viejos y manchados, frascos de todos los tamaños con contenidos diversos y extraños, restos chorreados de velas de distintos colores a medio consumir.
Un gran armario vidriado domina la estancia. Dentro se apelmaza la oscuridad,
impidiéndote atisbar siquiera los contornos de lo que guarda. Hipnotizada, incapaz de contenerte, presa de una inercia ajena que no entiendes y que tira de tu cuerpo, como si esa misma oscuridad te estuviese llamando, te acercas y abres las puertas de par en par. Entre fragmentos de espejos rotos pegados al fondo del armario, que te devuelven multiplicada tu imagen deshecha, cuelga una colección de muñecas desgreñadas, harapientas, pálidas y ojerosas de distintos tamaños.
Retrocedes espantada, respirando con dificultad sobre la vaharada putrefacta que emana el interior del mueble. Entonces las ves abrir sus párpados y comprendes, con
horror, que son más que simples muñecas. Sueltas un grito, corres hacia la puerta, tironeas histéricamente del picaporte.
- Es una lástima que apenas sean poco más que marionetas -dice la anciana a tus espaldas.
Giras sobre ti misma, con los brazos cruzados sobre el vientre pesado, maduro. Alcanzas a ver en su mano el brillo del metal despiadado de una larga cuchilla de cocina.
- No, por favor, mi bebé… -balbuceas.
- Pero vos lo vas a arreglar, vos me vas a dar una verdadera.
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