Empecé a leer de chico, a los tres o cuatro años. Imagino que sin fluidez y bastante a los tumbos. Hay antes que nada, una primera imagen que se impone, que se proclama a sí misma como origen, cuando dirijo mi mente en esa dirección: es mi mamá sosteniendo un pequeño libro frente a mis ojos, mientras me ayuda a descifrar el puñado de palabras que acompaña a los dibujos; yo estoy sentado en su regazo, y sé que me atraviesa algo que se mece entre la concentración y el asombro. Esos primeros libritos, de dudosa calidad literaria, venían junto con los muñecos de He-Man que adoraba por entonces.
Tomar los libros, la literatura como parte de la propia vida, o dicho de otra forma: dejarse tomar por ella y elegirla, aceptarla simbióticamente ligada a uno (como lector, como escritor o como ambas cosas), implica llevar otro inventario. Uno que no se compone de emociones, vivencias, imágenes o percepciones sensoriales, sino de letras. Un registro de libros, de títulos y autores, de cuentos y poemas, de frases, de palabras subrayadas y otras que todavía no escribimos.
En ese inventario todos tenemos hitos. Puede ser el libro que no fuimos capaces de soltar hasta terminarlo o el que releímos más de tres veces, el que recomendamos hasta el hartazgo o el que desearíamos haber escrito; puede ser el autor que nos enamoró o el que cambió nuestra forma de leer; o el poema que nos abrió el pecho y nos sacó el corazón para ponerlo delante de nuestros ojos. Y por supuesto aquellos libros que escribimos o anhelamos escribir.
En mi caso podría hablar por ejemplo de Cortázar, de cómo toparme por casualidad con un cuento suyo (La noche boca arriba) en un manual del colegio fue un mazazo en el centro mismo de mi forma de entender la literatura. No sólo por el cuento en sí mismo, sino porque a partir de entonces cada libro suyo reconfiguró mis ideas sobre las posibilidades de la lectura y la escritura. Antes de Cortázar estuvieron Bradbury y Stephen King (al que mis primos mayores leían con avidez y luego me prestaban los libros), y antes aún Tolkien.
Sin embargo, hay algo anterior a todo eso, algo que hizo nacer el espacio en el que luego fue posible que se expandan y se sostengan esas constelaciones de lecturas.
Cuando disparo mi memoria hacia esos años, tan atrás en el recorrido, descubro que no es en realidad un archivo organizado, siempre disponible y más o menos eficiente. Se trata más bien de una señora mayor, algo corta de vista, que deambula dentro de una inmensa habitación a oscuras mientras sostiene en alto, con una mano arrugada y frágil, un plato en el que arde una vela a medias consumida. Avanza a tientas, esforzándose por adivinar los contornos que surgen a su paso, y se detiene aquí y allá, abriendo y cerrando cajones sin un orden claro, rebuscando en el interior de los mismos con más tozudez que certezas. Casi siempre logra volver con algo que se asemeja, a veces más a veces menos, a lo que buscaba. Aunque de un tiempo a esta parte sospecho que hay fragmentos, palabras, olores, texturas y emociones que recupera con fidelidad, y otros que lisa y llanamente se los inventa. Se me escapa una media sonrisa al darme cuenta que la IA tal vez no sea otra cosa que la memoria de la humanidad entera, con las mismas falencias.
No sé qué siguió a los libritos de He-Man. Sé que hubo una época marcada por las historietas y los cómics; los de súper héroes, por supuesto, pero también las colecciones de Patoruzito y Patoruzú, las tiras de Pepe Sánchez y las de Mafalda. Recuerdo también que en algún momento caí bajo el embrujo de los maravillosos Elige tu propia aventura, con su invitación a jugar tomando aunque fuera en parte las riendas de la historia. Ese fue quizás el primer esbozo, el espejismo de crear una historia, de sentirme capaz de mover a los personajes como me diera la gana (sólo con el tiempo aprendemos que son ellos quienes nos mueven a nosotros).
También veo, en medio de la bruma, una colección de lomos amarillos, de tapas duras, de dibujos coloridos y títulos cautivantes: Robin Hood, El llamado de la selva, Colmillo Blanco, Sandokán. Libros que sentaron las bases y que me fueron llegando aleatoriamente, casi siempre prestados. Por entonces no tenía los medios para conseguir los libros que quería o para intentar buscarlos. No me llevaban a librerías y las únicas bibliotecas que recuerdo son la del colegio al que iba y la de mi mamá. No tenía mucho de donde elegir y leía casi cualquier cosa que me cayera en las manos.
Esa mezcla intransigente de destino y azar fue la que me llevó a encontrarme un día con el libro que fue rito de paso, el que inauguró mi vida como lector de lo que supongo que podríamos llamar literatura adulta. Rebuscando entre los estantes de libros de mi mamá, me topé con un tomo flaco, de un color verde gastado: Marvin y Tige, de Frankcina Glass. No sé si fue el título o la imagen de la tapa lo que captó mi atención y me impulsó a leerlo, presiento que tuvo más que ver con esa atracción, ese magnetismo inexplicable que ejerce muchas veces el corazón de un libro sobre el corazón de un hombre.
El libro comienza mostrándonos a Tige, un niño afroamericano de unos once años, a punto de robarle los zapatos a otro niño mediante una treta astuta. Tige usa zapatos rotos y ropa que le queda grande, y roba para subsistir. Vive solo con su madre, en un barrio de mala muerte. Su madre no consigue trabajo y se prostituye en su propia casa para poder pagar las cuentas; Tige, además de robar a otros niños y en supermercados, se encarga de intentar conseguirle clientes. Tras la crudeza de estas primeras páginas, que la autora narra con una naturalidad y un desparpajo asombrosos, el libro nos enfrenta a la escena en la que Tige descubre a su madre, gravemente enferma desde hace tiempo, muerta en su cama. Lejos de quedar paralizado o hundirse en el espanto y la tristeza, Tige, espoleado por su desconfianza y un afilado instinto de supervivencia, reacciona huyendo ante la posibilidad de caer en manos de la asistencia social. De noche, solo en la calle y abatido ante la ausencia de la única persona a la que quería, ese instinto flaquea y Tige contempla la posibilidad de suicidarse mientras sostiene una navaja contra su muñeca. Así lo encuentra Marvin, un hombre blanco de mediana edad con problemas de alcoholismo. Con una perspicacia y un tacto fuera de lo común, como quien mide la distancia justa con un animal herido y temeroso, Marvin convence a Tige de que es una mala idea quitarse la vida de esa forma, ya que puede fallar o demorar y doler demasiado, y que a fin de cuentas existen muchos otros métodos más eficientes. Una vez que Tige, desalentado, aparta la navaja y confiesa que acaba de perder a su madre, Marvin le ofrece pasar esa noche en su casa, para que pueda descansar, comer algo caliente y tomar una decisión tan importante como esa con más tiempo y la cabeza despejada. Tige decide aceptar y así comienza a entablarse un vínculo tan único, complejo y particular como pocas veces volví a encontrar en un libro.
Aún hoy, después de tantos años de haberla leído, esa historia sigue perdurando con un brillo que se niega a apagarse, en algún rincón de ese inmenso inventario que crece día a día. A diferencia de cientos de páginas olvidadas, amontonadas en pilas irrecuperables o desparramadas debajo o detrás de los muebles entre los que vaga mi memoria, Marvin y Tige permanece y regresa incansablemente desafiando la oscuridad que la rodea, como una luciérnaga en la noche.
Sé que el libro también resiste, ya sin tapa ni contratapa, con las páginas ajadas y amarillas, incluso alguna suelta, en algún lugar de mis estantes y bibliotecas. Reaparece en cada mudanza, testarudo y vivo, desafiante como Tige, decidido a ofrecerse a quien lo necesite como Marvin. Reliquia y amuleto, puente y pasaje, herencia y vehículo del amor por la literatura que aprendí de mi mamá.
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Hola. Qué texto más bonito: es íntimo, lleno de memoria y amor por los libros, y transmite de forma muy humana cómo la lectura nos construye por dentro. Gracias por compartir.