Empezaba a anochecer cuando el mensajero llegó a Égarol, la aldea de los Daeros, en las tierras perdidas de Áder. Era un muchacho de unos trece años, vestido con un manto verde oscuro y una larga y ancha capa del mismo color. Se acercó jadeando, con los pies entumecidos de frío y cansancio, a las enormes puertas de madera que lo doblaban en altura. Aquel era el único acceso en el gran muro de piedras irregulares que rodeaba la aldea a modo de cinturón defensivo. Pensó que si le negaban la entrada, todo su esfuerzo habría sido en vano y se derrumbaría allí mismo. Las provisiones se le habían acabado la mañana anterior y, aunque estaba acostumbrado a practicar el ayuno, temía que la urgencia lo hubiese llevado a exigirse más de lo que podía resistir. Le gruñía el estómago y el corazón le retumbaba en los oídos. Dio algunos golpes y llamó con voz entrecortada:
- ¡Hola! ¡Tra - traigo un mensaje!
La temperatura era muy baja y una pequeña nube de vapor se le escapaba por la boca con cada exhalación. Apoyó las manos en las rodillas, esperando, y notó con sorpresa los garabatos y dibujos infantiles en el borde inferior de la muralla. La intimidante barrera era tan solo otro lugar de juego para los niños Daeros. Desvío la atención hacia sus gastadas botas negras llenas de tierra y las manchas de sudor seco que cubrían su manto. Procuró alisarse un poco las ropas y sacudirse el polvo. Se preguntó si Denjirl y Khas lucirían tan sucios como él. En parte, deseó que así fuera, no sería justo que sus viajes les resultaran más sencillos. Los tres habían partido al mismo tiempo, y aún veía con nitidez la mirada de condescendencia en sus rostros porque a él le había tocado un destino más cercano y menos riesgoso.
Unas sombras se movieron en lo alto del muro, a la luz de las antorchas.
- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí a estas horas? –preguntó el hombre que lo observaba desde el otro lado de las puertas, a través de una pequeña rendija ubicada a casi dos metros del suelo.
- Soy un Yuru. Tengo noticias importantes para Fágarten –apremió el mensajero.
- ¿Un Yuru? No eres más que un niño, vete –gruñó la voz.
El muchacho se incorporó y dejó caer la capucha que ocultaba su cabeza rapada. De una fina cadena de plata alrededor de su cuello pendía un medallón protector, que ahora escapaba entre los pliegues de su ropa y se balanceaba al ritmo de su agitada respiración, emitiendo débiles destellos en la oscuridad. Su aspecto delataba que llevaba días viajando casi sin descanso.
No hubo respuesta. El mensajero esperó un largo minuto y se dispuso a insistir, pero no fue necesario. Se oyó un ruido metálico y oxidado, la puerta se abrió y el centinela se apartó con una reverencia en señal de bienvenida, dejando a la vista la larga cabellera blanca. El muchacho creyó que oiría un chasquido y el anciano quedaría doblado en aquella postura bajo la pesada piel que usaba para protegerse del frío, sin embargo el movimiento fue ágil y seguro. Devolvió el saludo a medias y apuró el paso sin más explicaciones. No tenía tiempo para esas cosas. La oscuridad le jugó en contra y en el apuro tropezó contra un bulto blando que emitió una mezcla de quejido y ladrido agudo.
- Ten cuidado, chico –el viejo lo sujetó por el brazo, evitándole la caída, y lanzó un escupitajo al suelo-. O te hará pedazos.
Un perro flaco, apenas más grande que un conejo, daba saltos alrededor, mostrando los dientes y lanzando dentelladas a la capa del forastero.
- Lo siento –balbuceó el mensajero, alejándose torpemente.
Se encaminó entre las chozas distribuidas como elementos agregados al azar, carentes de cualquier orden posible, como hongos que hubiesen brotado a lo largo de los años. El pueblo, que alguna vez había sido pequeño y bien organizado, había crecido demasiado rápido y en un espacio reducido, obligando a sus habitantes a construir donde hubiese sitio en vez de en el sitio adecuado. Era inútil tratar de establecer caminos o senderos definidos que guiasen a algún lado. El joven Yuru se dio cuenta de ello tras quedar parado frente a la muralla por segunda vez, luego de un largo trecho en línea recta esquivando viviendas y árboles. Irritado, desanduvo con impaciencia el recorrido hasta la entrada, donde encontró al centinela sonriéndole y, casi lo habría jurado, esperándolo.
- ¿Ya has entregado el mensaje? –preguntó el hombre, y la sonrisa se amplió dejando a la vista más huecos que dientes-. Eso ha sido muy rápido. Imaginé que al menos te quedarías a descansar una noche, pero se ve que estás muy apurado –agregó mientras alargaba la mano hacia la cerradura.
- No, aún no me voy. Es solo que... no he podido, quiero decir... me está costando encontrar el camino –murmuró avergonzado.
- Oh, bueno, no te preocupes por eso. Es bastante habitual, les pasa a todos los que vienen a Égarol por primera vez y creen poder andar a su antojo.
- Lo lamento, no fue mi intención ser maleducado. Supuse que si fui capaz de llegar hasta aquí solo, el resto no me resultaría tan difícil...
- Está bien muchacho, si quieres puedo guiarte. Ven, sígueme.
El anciano avanzaba sin desorientarse en absoluto, arrastrando una cojera casi imperceptible. Viraba a izquierda o derecha sin titubear un segundo ni dar el más mínimo rodeo. Las personas que se cruzaban con él lo saludaban cordialmente y se apartaban de su camino, nadie se volvía a observar al visitante y ningún curioso se acercaba a interrogarlo. Tampoco percibía las miradas furtivas que suelen acribillar a un forastero en cualquier pueblo del mundo. No es que fuera usual ver extraños paseando por la aldea pero allí nadie pasaba por alto el manto verde y el medallón circular de piedra.
Aquella era una raza de guerreros, el Yuru pensó que la contextura física tanto de los hombres como de las mujeres lo demostraba. En caso de dudas, bastaba con echar un vistazo alrededor. Por cada nueve o diez viviendas había una herrería. Si bien era posible distinguir cacharros, herramientas y lo que aparentaban ser curiosos instrumentos musicales, era evidente que se dedicaban sobre todo a la producción de armas. Hasta el momento había contado unas siete y supuso que en total debían existir el doble o el triple. Los escudos, de diversos y fantásticos diseños, se extendían sobre los techos o colgaban de las paredes; hachas, garrotes, cuchillos, flechas y demás se apilaban en el exterior. Al principio le llamó la atención no ver las maravillosas espadas daeras, hasta que notó que las mismas se almacenaban dentro de enormes cajones en el interior de las forjas. Aquellas armas sagradas no debían permanecer a la intemperie, merecían un trato especial. Luego de un largo rato dando vueltas, hicieron un último giro a la izquierda y el centinela por fin se detuvo.
- Muy bien, sigue por aquí sin desviarte y llegarás hasta una cabaña un poco más grande que las demás. Está ubicada justo en el centro de la aldea, ¿sabes? Porque para los Daeros, el líder es el corazón del pueblo. La reconocerás cuando la veas –dijo, señalando hacia delante-.Yo debo volver a las puertas. Adiós chico, buena suerte.
- Gracias, adiós.
El muchacho dio unos pasos vacilantes y apretó los puños, tenía las palmas transpiradas. Había llegado el momento decisivo, no podía permitirse fallar, de lo contrario no se sentiría capaz de volver a mirar a sus maestros a la cara. Tragó saliva, evocó el momento de la partida bromeando junto a Denjirl y Khas, y avanzó. Sonrió al recordar a Denjirl saliendo al galope y gritando “¡El último en regresar lavará la ropa de los demás durante un mes!”, mientras él y Khas se daban un abrazo de despedida. Como si no supiera lo cascarrabias que era Khas con sus cosas, jamás se arriesgaría a que le arruinen una prenda.
Los dos guardias que vigilaban la entrada ni siquiera se movieron cuando los dejó atrás sin aminorar el paso en absoluto. Se preguntó si podría ser que en realidad estuviesen dormidos de pie. Sabía que era posible porque en sus agotadores años de preparación le había tocado soportar largas horas de vigilia, y más de una vez había caído presa del sueño. Admirable seguridad la que brindan los valerosos Daeros –se dijo a sí mismo.
El interior de la choza era agradable y espacioso. No había muchos muebles, el suelo estaba cubierto por la piel de un inmenso oso pardo y la escasa luz del ambiente brindaba un toque acogedor. El chico se detuvo e hizo una reverencia como muestra de respeto en cuanto vislumbró la figura que lo observaba desde el otro lado de la sala. A pesar de las sombras que lo envolvían, se podía ver que se trataba de un individuo de grandes proporciones. La figura hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza y algunas antorchas más se encendieron de inmediato. Era, sin lugar a dudas, un hombre enorme. Incluso para los Daeros. Se encontraba sentado en un imponente asiento de roble, el cual parecía haber sido tallado sobre un árbol que hubiese estado plantado en ese mismo lugar, pues aún conservaba las raíces que lo unían a la tierra. Ese detalle y el aspecto tosco le daban un aire aun más majestuoso. Sus facciones duras e imperturbables cobraron vida con el resplandor del fuego. Ísamer se preguntó si lo que resplandecía en esos ojos era el reflejo de las llamas o el asomo de un espíritu casi incontenible. Oyó la puerta cerrarse a su espalda y recién entonces reparó en los dos niños parados al lado de las antorchas, como guardaespaldas en miniatura.
- Saludos –dijo-. Mi nombre es Ísamer, he sido enviado por el Consejo Yuru con una misión urgente.
El hombre no contestó. Permaneció quieto unos instantes durante los cuales no apartó la mirada del insólito visitante, y luego dijo:
- Ísamer, yo soy Fágarten, líder de los Daeros. Por favor siéntate y descansa unos minutos, luces un tanto fatigado.
- Sí, gracias.
- ¡Aila! –llamó Fágarten.
Una mujer apareció por una de las puertas laterales cargando una jarra de agua y un vaso de madera pulida en una preciosa bandeja de plata. Sirvió todo en una pequeña mesa delante de Ísamer y se retiró.
- Bebe despacio –dijo Fágarten-, está fría. Dime, ¿ha sido difícil llegar?
- No tanto... –respondió Ísamer, a pesar de que su aspecto indicaba lo contrario.
Fágarten volvió a guardar silencio. Se limitó a contemplar al joven mensajero, sin hacer el menor gesto.
- No son caminos fáciles, pero no he encontrado demasiadas dificultades, aunque tuve que acelerar un poco el paso en esos bosques –agregó Ísamer-. Creo que estuve cerca de caer en una emboscada... de todas formas, aquí estoy.
- Si, aquí estás. Pero tendrás que ser un poco más cuidadoso –dijo Fágarten, tras ajustar una tira de cuero manchada de sangre que le envolvía el antebrazo izquierdo-. Mis hombres no iban a emboscarte, solamente tenían órdenes de vigilarte.
- ¿Sus hombres?
- Verás, Ísamer... cuando te adentras demasiado en los territorios de Áder ya no te encuentras solo, los arqueros Daeros lo observan todo y actúan de acuerdo a mis órdenes. En tu caso, decidí que lo mejor sería proporcionarte una escolta por precaución. Te han acompañado hasta el muro para asegurarse de que nada te ocurriese. Yo estaba enterado de tu presencia en la aldea incluso antes de que te permitieran el paso.
Ísamer no pudo evitar sentirse avergonzado e irritado, más que nada consigo mismo por haberse descuidado y por su actitud altiva frente a los guardias. Pero cuando volvió a hablar su voz sonó neutra y relajada, sin traslucir la mezcla de bochorno y asombro que lo dominaba:
- Ah, así que era eso. Lo tendré en cuenta la próxima vez que viaje por las tierras perdidas.
Fágarten se recostó pesadamente contra el respaldo y apretó las plantas de los pies desnudos contra el suelo de tierra apisonada. Tomó un cuenco de madera que descansaba sobre una mesa a un costado y dio un trago largo a la bebida humeante que contenía. Era amarga y olía a resina, unas gotas le salpicaron la barba desprolija de pocos días. Espantó con un gesto de la mano una mosca insistente y chasqueó la lengua con fastidio.
- Muy bien. Cuéntame de que se trata esa misión, muchacho.
El mensajero dirigió, breve pero visiblemente, la vista hacia los dos niños y luego volvió a mirar al líder de los Daeros.
- No te preocupes por ellos, saben cuándo es conveniente no escuchar... y olvidar cualquier cosa que imaginen haber oído.
- Preferiría hablar en privado. El mensaje que traigo es muy importante y debe permanecer en secreto, al menos tanto como sea posible.
- Eso no necesita aclaración, no todos los días recibo un aprendiz Yuru exhausto. En realidad, creo que es la primera vez que veo uno fuera del Templo. ¿Acaso no tienen prohibido salir hasta terminar su preparación?
- Sí, pero los miembros del Consejo decidieron que era necesario quebrar esa regla y permitirnos salir a mí y a los demás, sólo por esta vez.
- ¿A ti y a los demás? ¿Me estás diciendo que varios aprendices dejaron el Templo? –preguntó Fágarten frunciendo el ceño, interesado por primera vez en la conversación.
- Todos, para ser más exactos.
- ¿Todos? –repitió el hombre, intentando disimular el asombro-. Bueno, no sé qué es lo que está pasando pero va a ser mejor que me lo expliques de una vez. Olvídate de estos niños y dime lo que has venido a decirme.
Ísamer se mostró reticente durante un momento, no se sentía cómodo desobedeciendo las indicaciones de sus maestros y habían sido muy claros sobre la necesidad de guardar el mensaje en secreto. Pero por otro lado era evidente que no iba a ganar esa discusión, así que se encogió de hombros y dijo:
- Coen el Viejo ha decretado una sesión abierta del Consejo, la cual se celebrará dentro de algunas semanas. Y solicita que todos los pueblos del mundo envíen ante su presencia a un representante que él mismo ha designado.
El rostro de Fágarten se contrajo levemente, sus fosas nasales se dilataron y los ojos dieron la impresión de adquirir una tonalidad más oscura. El macizo asiento crujió bajó la tensión de sus músculos. Nadie podía permanecer impasible ante algo así: los Yurus estaban admitiendo que necesitaban ayuda.


Qué arranque! Me gusta mucho la ambientación. Con que aparente sencillez has creado una atmósfera tan rica en detalles