El sol ascendió a lo alto del mediodía atravesando el jardín interior. La luz se derramó sobre el ala este, colándose perezosamente en los corredores y habitaciones del Templo. Trepó a la ventana abierta de Nárfal, se detuvo un momento indecisa y por fin saltó adentro. Avanzó hasta los párpados cerrados del anciano, que no se dieron por aludidos, y se posó sobre la suave calva dispuesta a dormir una tibia siesta.
En ese preciso momento, las aguas del lago Evré se divertían salpicando gotas heladas contra la piel tostada de un niño. Ikénn, apoyado contra la cara mohosa de una gran roca, lanzaba piedritas al agua mientras su hermano remoloneaba. Flavin yacía con los ojos cerrados sobre el mullido colchón de hojas, las manos cruzadas detrás de la cabeza. La luz filtrada entre el follaje pintaba manchas y sombras cambiantes en el interior de sus párpados. Le encantaba disfrutar de ese pequeño teatro privado mientras se dejaba arrastrar por una dulce somnolencia. Era, a su manera, también una forma de conocimiento. Aunque dudaba que Nárfal lo viera así.
A veces les tocaba coincidir en un día de descanso. Cuando eso sucedía, les gustaba levantarse temprano y alejarse con sigilo hasta una zona poco frecuentada para disfrutar de su ritual. Una ceremonia sin nombres en lenguas antiguas, sin gestos aprendidos de memoria. El tipo de ritual que se inventa a sí mismo, con el tiempo, la repetición y el placer.
Lo primero era encontrar las ramas correctas: del largo adecuado, flexibles pero resistentes. Luego atarles el hilo con cuidado. Hacer mal los nudos era el error más tonto, el tipo de error que en el Templo se miraba con mala cara. Después los anzuelos, y por último las lombrices, que se retorcían tratando de escurrírseles entre los dedos. En días tan cálidos no era sencillo encontrarlas: se metían hondo en la tierra. Lo mejor era buscarlas bajo las piedras o en la hojarasca apelmazada. El mayor se fastidiaba cuando demoraban en aparecer. Para el menor, en cambio, era un juego de lo más divertido.
Esa mañana juntaron un buen puñado. Las amontonaron en un cuenco, engancharon una en cada anzuelo, los arrojaron al agua y se dispusieron a esperar. Entre ambos descansaba una pila de galletas recién horneadas, envueltas en tela. El pequeño las observó de reojo dos, tres, cuatro veces mientras los minutos transcurrían con perezosa lentitud. Aún estaban tibias y el dulce olor a naranjas y miel invadía el aire. Finalmente bostezó y tomó una. Estaba deliciosa. Siempre ocurría igual.
— No entiendo cómo logras resistirte —dijo Ikénn con admiración.
— Tendrás que esforzarte mucho más si pretendes derrotarme —respondió Flavin muy serio, tomando a su vez una galleta.
— Lo sé, de veras lo intento —se disculpó el pequeño. Enseguida tomó otra: eran muy ricas y siempre lo hacían sentirse mejor.
— Parece que hoy tampoco habrá muchos peces —se quejó Flavin, observando las cañas quietas y expectantes como serpientes antes de atacar.
— ¿Tú crees? Tal vez están durmiendo —dijo Ikénn soltando un gran bostezo.
— Quizás deberíamos imitarlos.
La luz siguió cayendo entre las hojas. En algún lugar del Templo, Nárfal dormía su siesta sobre verdades antiguas.
¡GRACIAS POR LEER! Si lo disfrutaste, si conectaste de alguna forma y crees que vale la pena, si aprecias la escritura artesanal (libre de IA) y crees que alguien más puede apreciar mi trabajo, te invito a que me ayudes compartiéndolo:


Hola, LAR!! He quedado totalmente seducido por las idílicas imágenes que pintas en este relato. La quietud del templo a mediodía, la luz colándose entre las ramas de los árboles, los juegos de unos hermanos que aprenden a pescar... Todo invita a la calma, al sosiego, a la delectación. Sin embargo, noto una tensión subyacente, algo que no termina de encajar... Es brillante!!
Hola, LAR. Tu historia captura la dulzura de la infancia y la magia de los momentos sencillos; se siente la luz, el olor y la calma de ese día.
Muchísimas gracias por transmitir y compartir.