Vitel toné de sobra
Lee el tercer premio de nuestro concurso del escritor del mes de diciembre de 2025, sobre las "Fiestas".
Este relato obtuvo el tercer premio en la Tercer edición del Concurso del Escritor de Substack.
Mabel se levantó temprano. Tenía mucho que hacer y la expectativa de verlos reunidos le espoleaba las ilusiones. Lo primero era limpiar la casa y preparar la mesa. Desde que estaba sola le resultaba sencillo: no ensuciaba demasiado y siempre había sido ordenada. Aun así, quería asegurarse de que todo estuviera impecable. Nadie se había ofrecido a ayudarla, ni siquiera Elena, que solía estar más atenta a esas cosas. Ella no se los reprochaba, sabía que sus nietos daban trabajo y que los yernos sólo se preocupaban porque no faltase hielo y cerveza. Y los estúpidos fuegos artificiales, claro.
Extendió el mantel blanco y acomodó las copas. Echó una última mirada y sonrió orgullosa. Se apresuró a la cocina, puso a hervir el peceto para el vitel toné y se imaginó la cara de fastidio que pondría su hermana al verlo. No era su culpa si todos alababan su vitel toné, al fin de cuentas era su especialidad y Patricia lo sabía.
Pelar y cortar la fruta para la ensalada la demoró más de lo esperado. Las manos ya no tenían la misma agilidad y el calor sofocante de diciembre no ayudaba. Pensó en los comentarios venenosos de Ricardo por la falta de aire acondicionado. Y peor aún: Romina y Sofía, con sus escotes y faldas cortas, acalorando aún más a los varones. Ni siquiera esa temperatura justificaba semejante descaro. Luego vendría la bebida de más, la música alta, las risas estridentes, y quién sabía qué viejos rencores podían asomar.
Se secó la frente con el dorso de la mano y espantó esas ideas como moscas. Todas las familias tienen lo suyo, pensó; hay que saber amar lo que nos toca. Los extrañaba tanto que a veces sentía que le faltaba el aire. Se vestiría fresca a última hora, antes de que empezaran a llegar. Por ahora prepararía unos arrollados, almorzaría liviano y luego tomaría una siesta.
Se levantó a las cinco, agobiada, con la ropa pegada a la piel pese al ventilador. Apartó el desgano con tozudez de abuela y se concentró en las empanadas. Rellenó la masa, cuidó el repulgue y metió las bandejas en el horno. Lo puso al mínimo cuidando que no se apague y se alejó hacia una zona más fresca de la casa. El resto de la tarde, con un dolor de cabeza incipiente y filoso, envolvió regalos y se arregló.
Ni siquiera la ducha logró quitarle del todo el cansancio. Ya vestida, se sentó con esfuerzo a la cabecera de la mesa familiar, resistiendo un mareo leve que amenazaba con empañar su emoción.
Un rato después del brindis de medianoche, los vecinos de piso llamaron insistentemente a la puerta. A mitad de camino entra la lástima y la culpa, querían saludarla y asegurarse de que recibiera algún obsequio. El silencio era habitual y no los sorprendió, pero el olor a quemado los obligó a fruncir la nariz y la falta de respuesta los desconcertó. El hombre forzó la puerta.
Adentro los recibió el humo de las empanadas calcinadas. Y la anciana desvanecida en su silla, con una sonrisa pacífica en el rostro, frente a una mesa perfectamente servida: la fuente de vitel toné intacta, aguardando el elogio de los invitados, y una hilera de fotos amarillentas de hermanos, hijos y nietos que hacía largo tiempo ya no se acordaban de Mabel.
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